Que se vengan los osos

- Yo no sé qué carajo pasa con los osos.- dice Serguei, el cazador, mientras cierra de un golpe la puerta de la cabaña. - Yo no sé qué mierda tienen; vienen cada vez más vivos, se esconden, tapan las huellas...-ofuscado, se sienta en la cama al lado de Dobrinka, su mujer, que se acomoda disimuladamente su tenue camisón.
- No pasa nada mi amorcito, mi chuchi -dice mientras le acaricia el cuello -. Para mi vos siempre vas a ser mi cazador preferido.
Si Serguei la estuviera escuchando percibiría el tono sospechosamente cariñoso.
 -Hace semanas que no vengo con nada, ni un conejo de mierda.... Me estaré oxidando, que se yo.
Serguei se agarra la cara con las manos y respira profundamente. Su bota queda a medio sacar. Dobrinka, como si fuera un reptil, sube tratando de abarcarle la espalda. 
- Esta bien mi amor, mañana vas, traes un poco de leña y te desquitas con... 
- No me jodas, Dobrinka, el leñador es puto.- parece despabilarse. - A mí me gusta matar... La adrenalina, el peligro ¡La sangre!
Como cada vez q hace una reflexión sesuda, Serguei entrecierra los ojos y levanta la vista al horizonte, que ésta vez parece estar a la altura entre un cuadro bordado del Monte Bucegi y el respaldo de una silla enclenque que hay contra la pared de madera.
- Tienen que ser los osos, la evolución de la especie, que se yo... Están más vivos, habrán aprendido... 
- Ya está mi amor, ya está... -ella comienza a acariciarlo libidinosamente y a meterlo entre las sábanas, mientras pispea de reojo el armario entreabierto. Serguei parece mostrar atisbos del cariño. Dobrinka insiste, dejando de lado el detrimento amoroso que sufría la pareja en el último tiempo. Serguei, quizás dejándose llevar por la lujuria, olvida sospechar.
- Por ahí necesitas relajarte un poco -dice entre besos -, y mañana seguís llenando la pared de ositos...
Se oye un movimiento dentro del placard.
- ¿Qué es eso? - Se alerta, al fin, Serguei.
- Nada, amor, nada - dice ella escondiéndose entre las sábanas. 
El ruido se repite más fuerte. Serguei se petrifica para escuchar con más claridad. Lo único que mueve es la ceja izquierda, la cual eleva lentamente. Dobrinka se queda inmóvil, le tiemblan los huesos, no se atreve a mirarlo adivinando la ira efervescente de sus ojos. De repente, Serguei entiende todo.
Se levanta de inmediato, ella trata de atraparlo, él se escabulle entre sus manos, ella queda echada sobre la cama, él abre el armario, ella grita: - ¡No es lo que parece!, casi tapando el áspero rugido de Vasile, el oso que se encuentra dentro, y que le agita un zarpazo en la cara a Serguei antes de que éste termine de gritar- ¡Hija de puta!.
Serguei tiene el rostro ensangrentado, y se arrastra como puede tratando de alcanzar la escopeta apoyada sobre la silla en la otra punta de la habitación, debajo del horizonte. Como si el tiempo se detuviera, y con la confianza que sólo otorga la intimidad del lecho amoroso, Dobrinka le implora a Vasile, susurrando - Dejalo... -  Él, rígido, le devuelve una mirada coagulante.  
El pobre Serguei apenas logra acariciar el arma cuando Vasile lo atrapa entre sus patas delanteras y de un sacudón lo castiga contra el piso. En los ojos de Dobrinka, que contempla aterrada contra el respaldo de la cama, se reconoce el suplicio del amante ingenuo.
Vasile, salvaje sobre sus cuatro patas, se tranquiliza unos segundos mientras le da unas últimas palmadas al cuerpo inerte del cazador. Respira profundamente, ronco. Saborea la venganza. Dobrinka lo mira y, todavía perpleja por la traición, recapitula los momentos vividos. Las tardes de apasionado amor osezno. La tierna torpeza de las caricias de sus garras. Entonces él le devuelve la mirada, con la inexpresividad que sólo un oso puede dar, y se va. 

Al recorrer el comedor, y mientras una úrsida lágrima recorre su peludo rostro, la ve: Sigue ahí, amurada a la pared, la cabeza de Nadezhda.