Cena

Uno de los problemas mas usuales con los que me topo es el de decidir qué cenar. Entre que mis capacidades culinarias y mi abanico alimenticio son bastante escuetos, sumado a mis pocas ganas de limpiar y a mis intenciones de gastar la menor cantidad de dinero en dicha actividad; las consecuencias son devastadoras. Tampoco suelo cenar tanto, pero no estoy seguro si no suelo cocinar porque no tengo hambre, o si no tengo hambre porque me da paja cocinar. 

Así y todo, hoy llegué del laburo convencido que quería comer algo rico. Me decidí por hacer unas papas al horno, acompañadas por panceta y bañadas en queso cheddar. Finísimo. La cosa es que la comida ya estaba casi hecha, divina, reluciente en el fondo del horno, y en eso saco la bandeja para esparcir un poco mas el cheddar, para que se derrita bien. El tema es que en un mal movimiento, un poco por torpeza, otro poco porque las cocinas en los monoambientes suelen ser mas incomodas que un pedo en misa, la bandeja resbaló de mis manos, volcando fatídicamente todo su contenido (todo, papas, panceta, cheddar, aceite, todo) al piso. Y no es precisamente de esos pisos que los miras y decis “fa, que limpio que está este piso!”, quizás por las mismas razones por las que no me gusta cocinar. 

Entonces ahi estaban, el cheddar terminando de derretirse sobre la baldosa, las papas mirándome con cara de “¿Que he hecho yo para merecer este trato?”, la panceta escondiéndose debajo del horno y la mesada; y la sorpresiva aparicion de unos pelos de gato y mugresitas que cumplían un improvisado roll de ingredientes extra. 

La verdad que tenia hambre, y desde la tarde que ya me venia mentalizando con que quería cenar eso.
Así que dije “Ma si...” y me lo comí igual.