El chicle: valor y sentido

Alejandro Dolina dijo alguna vez que todo lo que hace el hombre es para levantar minas. En principio podría coincidir plenamente, y hasta aplaudir semejante observación, pero seria (una vez mas) una posición extremista para hacer notar una idea que no tiene porque ser tan absoluta. Es decir, para mi no es todo, pero si un 98% de las actividades del hombre las que son para atraer mujeres. La necesidad de la expresión creativa, un lindo caño en un partido de fútbol, o el disfrute de un buen pedo después de un plato de asado y papas fritas; formarían parte (entre tantas otras cosas) de este porcentaje restante.

Sin embargo, a pesar de que ésta es una frase aceptada por el común no sólo de los hombres sino también de las mujeres, es necesario disfrazar el resto de las actividades y pintarlas como si fueran parte de otro proyecto. Para la sociedad, debemos bañarnos porque estamos sucios, cuidar nuestro estado físico porque es saludable, o estudiar diseño gráfico porque sentimos una vocación; y no porque el pabellón III de la FADU este lleno de minitas; por ejemplo. Sino, uno deja en claro sus intenciones, da vuelta las cartas, las muestra, y sale perdiendo. Es sabido que en el momento en que una mujer tiene la certeza de que estamos tratando de conquistarla, tomará distancia para tratar de hacer que nuestro recorrido sea mucho más pesaroso.

Pero entre todas estas actividades, una de la menos disimulable, y que me tiene consternado en los últimos días, es la de la mascación de chicle: no llego a comprender cual es el sentido de existencia de los chicles en nuestra cultura, más que la del encubrimiento del aliento. Y este hecho encasilla a esta actividad con un innegable objetivo, que es el de la intención de la inminencia de un beso. Muy bien, pero dirán ustedes “¿que es lo que le molesta a este señor de que la gente disimule el aliento a mierda?”. Nada diría yo, incluso sumándome a la campaña (como no-fumador empedernido desprecio y sufro del aliento a pucho de mis festejantes). Pero el problema es que, lejos de disimular este comportamiento (digamos, mascar el chicle suavemente y escupirlo de forma disimulada) esta práctica se ha convertido en el arquetipo del agrandamiento y alarde de un ser canchero (1). Hagamos el experimento de pedirle a cualquier persona que (con perdón de la redundancia) personifique a un agrandado, y una de las cosas que va a hacer es simular que esta mascando un chicle de costado. Es éste comportamiento el que me indigna. Porque mas allá del ruido detestable de una persona que masca chicle, hacerlo de forma desinteresada y ostentosa es algo que incita al desprecio y la violencia. Esta persona quiere parecer más de lo que es, de una forma fútil y mediocre, y no tiene el recado de siquiera tratar de ocultarlo.

Realmente no se como llegó este comportamiento a transformarse en símbolo de lucimiento. Realmente no lo sé. Quizás el que masca chicle esta diciendo “mira, además de mascar chicle estoy haciendo otra cosa” mientras juega al fútbol, toca la guitarra o repulga empanadas. No se. Pero hoy cada vez que veo una persona mascando chicle de forma displicente, así como si nada pasara, digo “pero que flor de pelotudo” y me dan ganas de cagarlo a trompadas.

(1) Una amiga mía diría que esta persona es un “goma”.