(Des ) Encuentro Cercano

El crisol de razas en que vivimos, producto de una característica inmigratoria que tiene nuestro país, siempre será fuente de inagotables anécdotas; fruto tanto de diferencias culturales, como de confusiones lingüísticas.

Me dirijo al fondo del supermercado chino, donde se encuentra una pseudo heladera bastante descuidada, con variados productos que suelen carecer de etiqueta y por lo tanto se hace bastante difícil su reconocimiento. El queso fresco y la ricota se confunden, la paleta y el jamón cocido, incluso el color de la carne que venden tiene un tono verduzco parecido al de las piletas abandonadas.
Yo iba en busca de levadura en polvo. Mis competencias culinarias, bastante limitadas, como sospecharán, me dificultaban el encuentro de dicho producto. Mi vieja me dijo, “Comprame levadura en polvo” y no tuvo la delicadeza de especificar si se vende suelta, o viene en bolsitas, o frasquitos, o donde verga. Tampoco sabia si debía encontrarse en una heladera o en una góndola a temperatura ambiente. De todas maneras me dispuse a averiguarlo con alguno de los vendedores. Qué iluso.
Me atiende un chinito, que podría tener entre 15 y 65 años aproximadamente (siempre se hace difícil deducir la edad en estos seres). Morocho, de pelo corto, y flaquito. Como todos.

- Hola – En la fracción de segundo que siguió después de que yo dijera esta palabra, el chinito se dio vuelta y me miro con una cara de miedo-confusion que me hizo sospechar inmediatamente que la conversación iba a ser, cuanto menos, dificultosa - ¿Tenés levadura en polvo?

- Si, si… levadula… - dice el chinito señalándome los cubitos de levadura, pero la que viene dura, no en polvo. Sin embargo que entienda el género alimenticio al que me refería, ya era bastante.

- No, si, levadura, pero en polvo… - remarco la palabra polvo, agarro un cubito con la mano y se lo muestro, como para que sepa que yo ya sé que esa es levadura, pero que sospeche que no es la que estoy buscando.

- Si, levadula – insiste, señalando el cubito que tengo en la mano. Ya me sentía un boludo.

- Si, levadura – le repito, y devuelvo el cubito a su lugar – ¿Pero en POLVO tenés?

Esta vez acompañé el remarcamiento de la palabra con el casi insignificante gesto de colocar la palma de mi mano hacia abajo, juntar las yemas de los cinco dedos, y rozarlas como si estuviera escurriendo gradualmente una pilita de sal.

- Levadula… si… - respondió nuevamente el chinito, pero esta vez no tan seguro.

Nos detuvimos un momento, quizás el único en que nos entendimos, con una mirada universal de resignación con la que parecíamos comprender que esa conversación nunca iba a llegar a buen puerto.
Luego de un breve silencio, concluí.

- ¿No tenés levadura en polvo, no?

- No… - respondió el chinito, resignado, bajando la cabeza.

Parece que es como a los niños, hay que apuntar la pregunta para el lado que uno quiere que se la respondan: - Tenés las RE ganas de ir a jugar afuera mientras yo miro el partido tranquilo… ¿No nene?