El Buscaminas y la Predestinación

En el Buscaminas nunca se puede perder con el primer intento. No importa lo que uno elija, no hay decisión incorrecta, todas las opciones son iguales: cualquier casilla en la que uno apriete descubrirá un número.
Pero no por eso esta decisión será menos importante; ya que en el mismo momento en que elijamos nuestro primer destape, quedará estableciendo todo el campo minado; todas las otras minas se configurarán en base a esa primera elección. Y en ese momento quedamos predestinados, signados y marcados por el resto del juego por ese casillero primigenio.

Con el amor pasa algo parecido. El primer amor (como los mejores) sucede sin buscarlo: un día uno se levanta, generalmente en la temprana adolescencia, y se da cuenta que, por primera vez, esta enamorado de alguien. Pero enamorado en serio, obsesionado, no esa nena que nos gustaba mirar en el aula en sexto grado. Este descubrimiento suele coincidir con la época en que el niño empieza a ojear los primeros escotes, un oscuro espacio antes ignorado, que comienza de a poco a tomar cierta sospechosa (je) fascinación; esas primeras semanas de libidez en que no existe nada más que tetas en la vida del puber (1).
Pero en fin, a lo que iba es que, al igual que en el juego, el resto de las minas que nos gustarán quedan marcadas, signadas, por esa primera. A partir de ella es que digo, quedamos de alguna manera predestinados. Ese Primer Amor toma una importancia y una magnificencia tan desmesuradas, que no lo olvidaremos nunca más en nuestra vida. Y el efecto es mucho mayor si la mina en cuestión tuvo la acertada delicadeza de no darnos ni la hora (o darnos un beso y retirarse para siempre). En el momento en que nos rechaza (si tuvimos la suerte de que siquiera nos registrara), se vuelve inolvidable e ineludible: a partir de ahí, toda mujer que pase frente a nuestros ojos se verá, tarde o temprano, comparada con ella. Me atrevería a decir, incluso, que nuestros gustos y fetiches más profundos se ven configurados por su belleza. Establece una especie de modelo a seguir, no excluyente, pero importantísimo. Si la mina que nos gusta se parece a la primera, nos va a gustar mucho más.

Todo esto se debe, quizás, a que la idealización del primer amor es inigualable. Una vez desengañados, nunca más nos dejaremos llevar como en aquel entonces(2), por temor a volver a sufrir nuevamente de los lacerantes dolores amorosos (con razon, porque tarde a temprano sucede). Por eso recomiendo, en estos tiempos de feisbuk universal y gugul omnisciente; no buscarla, no tratar de encontrarse, no pasearse en frente de la casa a ver si saca a pasear el perro. Porque probablemente la conozcamos de verdad, y cuando veamos que tiene celulitis y se tira pedos sin que nadie se de cuenta perderemos esa fascinación ingenua e infantil que tanto anhelamos volver a sentir.
Porque en el fondo todos sabemos que los mejores amores, son los amores incompletos.


(1) En algunos puber esta obsesión puede durar mucho tiempo, siendo la muerte la única capaz de socavarla.
(2) Esto no es real, gracias a Dios, nos seguimos equivocando.