Samael y el Infierno

Últimamente estoy bastante hasta las bolas de laburos, proyectos y partidos de futbol (1), asique voy a recurrir al futil recurso de reciclar posteos que tenia escritos desde hace rato, pero que por una razon u otra nunca publiqué.

Por ahí encontré que Samael es el nombre que Lucifer tenía cuando vivía en el cielo y todavía no se rebelaba en contra de Dios. Pero esto de “rebelarse”, como verán a continuación, es sólo una forma de ver las cosas.

Hay varias historias sobre el nacimiento del Diablo o del Infierno. Hoy, como parte de unas nociones con respecto a la naturaleza de los conceptos del paraíso y del infierno que iremos (o que ya hemos) desglosando a lo largo de este pasquín, quiero compartir con ustedes una que me parece bastante interesante (la cuento así como la recuerdo, ya que me la contó Dolina por la radio).
Samael era el ángel que más amaba a Dios. Pero lo amaba zarpado, una especie de presidente del club de fans. Entonces Samael andaba por ahí, todo bien, y en uno de sus anuncios celestiales de los domingos a la mañana, Dios les dijo a todos los ángeles que nunca debían inclinarse por nadie más que por él. Fantástico. Todos lo cumplían al pie de la letra y seguían sus vidas felizmente, jugando al fútbol y comiendo asado mientras adoraban a su único creador (qué otra cosa podrían hacer en el paraíso un grupo de seres asexuados).
Pero un día a Dios se le ocurrió crear al hombre, y le gusto tanto que dijo que ahora todos deberían inclinarse hacia Adán también. Todos obedecieron, porque era Dios y se hacia lo que él decía, menos Samael, aludiendo que “uououuu!”… él era incapaz de hacerlo porque eso implicaba desobedecer el primer mandato. Entonces, enojado porque no cumplía con su deseo, Diós lo expulsó del paraíso. Así, Samael, hundido en un profundo dolor, se fue al infierno y se convirtió en el Diablo.

Pero lo interesante es que Dios lo expulsa del paraíso, pero no lo envía al infierno; simplemente porque no existía todavía. El infierno, entonces, para Samael, no es un sótano con fuego y sátiros que te persiguen con látigos, no es un lugar específico cuya entrada queda en una puerta verde escondida detrás de una bandera de Colegiales en Mitre y Velez Sarsfield (como me dijeron alguna vez). El infierno no tiene espacio; es una sensación, es un estado de ánimo. Para Samael el estar sin Dios era el infierno mismo.

El infierno comienza, entonces, con la ausencia del ser amado.

"Allí donde estaba ella, allí estaba el paraíso" dice el epitafio de Eva, que escribió Adán.

(1) Por esta misma razon estoy bastante alejado de sus blogs. Mis disculpas, prometo volver.