La revelación de la Sortija

Hay cosas que uno vivió de chico, que eran interpretadas de una manera, y que de grande las repiensa y cambian totalmente de sentido; o sale a la luz su verdadero significado. “Tu conejito se fue al campo” me dijo Madre cuando me di cuenta de que no estaba más en el patio, cuando en realidad había muerto degollado por mi perro. Y yo, por supuesto, inocente, no sólo le creí sino que me quedé contento porque “iba a tener más lugar para saltar y ser feliz”. Já.
Lo mismo cuando mi abuelo me sacaba monedas de la oreja (que yo no sabia realmente como habían llegado a ese lugar) o cuando me creía Hulk por ganarle a la pulseada teniendo cinco años. Todo esto esta muy bien, calculo que contribuye al crecimiento de un niño normal y sin demasiadas situaciones traumáticas (1), pero hay un hecho, que creo que hemos vivido la mayoría, y con el cual yo me conscienticé hace no tanto tiempo.

Me gustar contar que nací frente al Cine York, porque suena como poético o místico con respecto a mi vocación. Pero es así, el balcón del departamento en el que vivía daba justito al cine, y la plaza de Vicente Lopez, ubicada a pocas cuadras de dicha locación, era en ese entonces como mi tercer hogar (mi casa, la de mis abuelos, la plaza). Recuerdo un día que le regalé una medialuna a Tribilín (Goofy en la época pre-colonialismo americano), y de que a veces íbamos al trencito de al alegría (hoy mas frecuentado por colegialas de fiesta de egresados y drogdealers(2)). Y la verdad no recuerdo mucho más.
Pero otra cosa que sí me acuerdo era que me gustaba ir a la calesita. Ahora lo pienso y es una boludez, el juego mas aburrido de todos, pero en ese momento me desvivía por subir a uno de los caballitos, al auto o a la nave espacial (que estaba siempre ocupada). Y una de las gracias de dicho juego (ya llegamos, ya llegamos…) era la Sortija (Bingo! Al fin este pelotudo llegó a lo que queria decir!). Uno se paraba cerca de la circunferencia de la calesita, luchando contra la inercia y otros nenes que compartian nuestro objetivo, para alcanzar y robarle la sortija al sortijero (que, en los barrios mas acaudalados, no era el mismo que el calesitero), el cual amagaba con sospechosos movimientos de muñeca (que denotarían cierto tipo de habilidad onanista por encima de lo común). No estaba permitido, dentro de este juego de reglas implícitas, el movimiento del brazo, ya que implicaría un esfuerzo extra al niño, que debería estirarse a una distancia mayor a la recomendada, poniendo en peligro su salud. Quien lograba sacar la sortija de esa especie de elemento fálico-peral, tenia el derecho a una vuelta extra.

La duración de una vuelta de calesita merece un párrafo aparte. Así que se lo vamos a dar (ya te vas a por las ramas de vuelta). Dicha duración debe comprender a más de una vuelta, y suele ser proporcional a la duración del tema musical que la acompaña. Pero eso es un muy relativo, hay calesiteros viles que pasan temas de los ramones (que muchas veces no superan al minuto de duración) o están los se pasan de solidarios, que son capaces de programar la 9º Sinfonía de Beethoven, completa, con bises y todos. Los dos extremos son criticables, ya que aunque el segundo lo haga de buena onda, todos sabemos lo difícil que es bajar de una calesita en movimiento (se me viene a la cabeza algún otro porrazo recuerdo de la infancia).

En fin, como decía (la sortija pelotudo, la sortija) el juego de la sortija es otra cosa que vine a resignificar años mas tarde (bien, ya estamos hilando). De chico, en mi ingenuidad, me ponía muy contento cada vez que lograba capturarla, y hasta orgulloso, se la refregaba en la cara a mis compañeros perdedores. Mi Madre, a la cual veía episódicamente (cada vez que la nave espacial coincidía con el hemisferio de su banco) me aplaudía contenta al costado de la calesita, agrandando todavía más mi ego. Esto hacia que yo vaya y hasta se lo contara a mis abuelos o amigos cuando los veía días mas tarde.
Ahora bien, hace no tanto me puse a pensar sobre las razones de este sospechoso acontecimiento: “como puede ser que yo, con 4 o 5 años, haya sido mas rápido que el negro ese que tenia la sortija en la mano? momento… es el sortijero el que decide a quien darle la sortija! Y probablemente garpado por mi madre para que lo haga! Mis meritos son nulos! Nunca gané nada en mi vida!”. Y entonces comprendí que no somos nada en este mundo, más que marionetas manipuladas por un ser superior (llamémoslo Diós, Bill Gates, Obama, Tinelli, Coca Cola o Facebook, como más les guste). Y también que la libertad no es más que una ilusión, que ninguna decisión hace la diferencia y que estamos condenados a esta vida miserable y desdichada. Ah, y que la ignorancia es un don. Fui feliz hasta el momento de esa epifanía.

Hasta que mas tarde lo repensé y me di cuenta de que la alegría del sabio, del que ama, no se compara con la del ignorante; que no vale tanto. Más vale amar unos años y morir sufriendo, que ser feliz toda la vida ganando sortijas.

Pero después lo repensé de vuelta, y llegue a la conclusión de que estaba pensando demasiado. Así que me fui a jugar al Biotronic.


(1) No se si salí demasiado normalito, pero si tengo algún trauma o algo la verdad que me lo busqué solito, no le voy a echar la culpa a nadie. Tuve una niñez tan feliz que ni siquiera me la acuerdo.
(2) Razones más que suficientes para volver a frecuentarlo.