Sobre la distribución de los placeres

Alguna vez un tío que tengo, filosofo nato, me dijo en un asado: “el saber posponer los placeres es uno de los principales signos de la madurez”, y siguió caminando con el vaso de whisky en la mano.

Apliquémoslo a una situación cotidiana. Pedimos delivery. A la grande de muzzarella con doble queso (cosa de que se le formen esas sabrosas piletitas de aceite y grasa), la acompañamos con dos empanadas de jamón y queso, una de pollo, y otra de carne cortada a cuchillo. Aunque mejor dejemos las empanadas en la heladera para otro día. Comprobamos entonces, tal como temíamos, que el queso de la pizza llega todo volcado hacia el hemisferio sur de la misma, debido a la característica negligencia de los cadetes con moto. Incluso comprobamos que por la humedad ya esta casi mimetizada con el cartón, y que la sillita, usada normalmente para separar el techo de la base de la caja, se encuentra totalmente hundida, inalcanzable, debajo de un everest de muzzarela. Aprovechamos la ocasión, y el sumergimiento necesario para recuperarla de las profundidades quesísticas nos dará una excelente excusa para chuparnos los dedos aceitosos y exclamar un orgásmico “Mmmmmm”, que la doxa interpretará como un “que buena que está esta pissa, macho…”. Las mujeres, luego de esta expresión de satisfacción, caerán a nuestros pies(1).
En fin, como dijimos, esta desproporción provocada por el desnivel de las cajas de las motos, dividirá a las porciones en diferentes bandos: tendremos las de derecha, rebosantes de queso, reacias, dispuestas a defender su posición; las izquierdistas, rechazadas, desérticas, en las cuales la masa tendrá sólo algunos restos de salsa; y las del centro, con un poco de cada cosa, indecisas. Entonces surge la pregunta que planteará el dilema existencial de los próximos minutos de nuestras vidas: ¿cuales porciones debemos comer primero?
La respuesta dependerá de varios factores. Partamos de la base de que las de derecha (las que tienen mas queso) serán las mas sabrosas. Un dicho popular dice que hay que dejar lo mejor para el final, es decir, comenzar por las desérticas, para terminar con las quesosas y así quedar para la prosperidad con un “gustito rico en la boca”. Esto podría tener algún sustento, pero ¿quién nos garantiza, en este caso, que vamos a llegar a comer las últimas porciones? ¿Qué pasa si nos llenamos antes? ¿O si viene un cuñado y se come las que estábamos dejando para el final? ¿Y si nos morimos en el transcurso de la cena? ¿Quedarán estas porciones sabrosas para algún madrugador en la mañana siguiente? No debemos permitir semejante desparpajo.
Tampoco debemos caer en la desesperación de la gula y la avaricia, y devorar literalmente la mitad de la pizza enquesada antes de que el resto llegue siquiera a cortar la primera porción. Esto podría traer complicados problemas de salud transformando ese disfrute inicial en un suplicio interminable, con súbitas corridas que harán del inodoro nuestro tesoro mas preciado.
Debemos recurrir, entonces, a las milenarias culturas orientales para que nos enseñen qué debemos hacer con semejante dubitación. Prepararemos nuestro cuerpo y alma para poder exprimir de esa milagrosa sensación hasta la última gota de placer, pero tratando de no irnos al carajo y caer en el zen o esas cosas raras(2).
Comenzaremos por la mas grasosa y quesosa de todas las porciones. Cortaremos delicadamente la punta, lo justo para que encaje en nuestra mandíbula, sin dejar que se derrame una sola gotita de ese empalagoso aceite, y la introduciremos en nuestra boca suavemente. Una explosión orgásmica nos hará sentir un elixir de riquezas alimenticias, como si estuviéramos en la Italia misma, en el paraíso de las pizzas. Nunca estuvimos tan llenos y satisfechos en nuestras vidas. Luego de culminar con ella, la más sabrosa de todas, pasaremos a una de las desérticas, que disfrutaremos gracias al contraste creado por los retazos de placer dejados por la anterior. Luego pasaremos nuevamente a una de las quesosas, pero no la mas sabrosa de las quede, sino otra, una tercera en la escala de riqueza; e iremos tanteando a futuro nuestro apetito, para calcular el momento final, para el cual dejaremos a la segunda más rica en cuestión.
Así, contaremos con el disfrute primordial, el orgasmo de placer máximo, y luego distribuiremos sabiamente nuestras pertenencias para que la felicidad tenga la mayor perduración posible. Pero a no abusar.

Volviendo a la premisa disparadora de mi tío, y ampliando el abanico de la teoría al resto de nuestra vida en forma de conclusión, caemos en la tentación de afirmar que este experimento enseña como la planificación y la organización, el pensar dos veces antes de hacer las cosas y estructurarlas, puede hacer de nuestras vidas más gratificantes y placenteras. Pero no me atrevería a afirmarlo tan cómodamente. Toda generalidad es un error(3), no mezclemos las cosas. En ciertos aspectos, el de las responsabilidades (laboral, económico, familiar, académico, hasta lúdico) esto parece acertado; pero cuando nos acercamos al ámbito del amor y la pasión, no creo(4) que haya planificación que valga. El amor no tiene futuro, es sólo presente. El amor es ahora, y sólo ahora. Por eso, a veces, el secreto de la felicidad esta en dejarnos llevar por nuestros instintos, por la vorágine del momento, por la corriente de la pasión, en vivir ese instante de felicidad (je) que le de un toque diferente, quizás absurdo, a nuestra rutinaria vida de hombre moderno.


(1) Desmayadas, dando arcadas. No por amor.
(2) Estoy en contra de la idea del zen que, con la excusa de aplacar los dolores y sufrimientos, promedia las sensaciones. Es decir, si no somos demasiado felices con nada, no sufriremos tanto. Dejate llevar man, las rosas vienen con espinas, “macho de noche, macho de dia” diría mi madre. Otro día me explayaré.
(3) Decir "toda generalidad es un error" es, efectivamente, un error. Podría decir que es una paradoja, pero me parece que es algo mas cercano a la necedad.
(3) Como ven, es un tema complicado, le tengo miedo a ciertas afirmaciones.