El Chavo y la rutina

A pesar de saberme todos los chistes de memoria, y de que los repitan una y otra vez, siempre me gustó ver El Chavo del 8. Es uno de los programas de TV mas graciosos que vi en mi vida. Y, a pesar de que supuestamente un chiste del que sabemos el desenlace no deberia causarnos gracia, siempre me rio y me voy a seguir riendo. Además me retrotrae muchísimo a mi infancia, como muy pocas cosas pueden hacerlo. Podríamos decir que porque es un humor ingenuo, pero no es sólo eso: cuando lo veo realmente siento que vuelvo a ser un niño.
Trataré de explicarme porqué(1)...

La rutina y la predictibilidad tienen mala fama. Muchos dicen querer vivir una vida llena de aventuras y cosas nuevas, para sorprenderse día a día. Eso no esta nada mal, pero la verdad que es un ideal bastante utópico, teniendo en cuenta que es gracias a la rutina que se hace posible el disfrute del amor, e incluso del arte y el entretenimiento. Es necesario poder predecir cosas para poder asentarse y planificar; es necesario el habito para sobrevivir día a día, para encontrar lo que estamos buscando. Como dijimos muchas veces, y evaporando toda esperanza de discusión (que seria interesante, pero no es el tema que nos compete en este momento), cualquiera de los extremos es desdeñable, hay que saber combinar hábito y sorpresa, hay que innovar en la tradición.

La música, por ejemplo, representa perfectamente este gusto por lo predecible. Con sus formas, sus cadencias y sus melodías; su placer estético reside en su anclaje en la repetición, en la previsibilidad, en la seguridad que proporciona lo conocido; un placer al que podríamos considerar primario o “infantil"(2).

Creo que por eso me gusta El Chavo.


(1) Dejaremos de lado las respuestas fáciles del tipo de “porque sos un idiota!” o similares.
(2) Carmelo Saitta, “El diseño de la banda sonora”, Buenos Aires, 2002.