Noche. Exterior. Estas con la señorita en cuestión, el objetivo, mirando el cielo, y esperas algún silencio incómodo para hacer un comentario, a prima facie naif y circunstancial, pero fundamental para poder desarrollar el discurso que nos compete.
- Mira, esas son las tres marias... – Decís.Zácate! La chispa de la curiosidad fue encendida. Abrimos entonces la valiosa posibilidad de posicionarnos como el “sujeto supuesto saber” Lacaniano, evocando la figura paterna de la susodicha y de esta manera aprovechar la proverbial vulnerabilidad femenina que ello implica.
- Si claro – Responde ella.
- Que forman el cinturón de Orion...
- Ah...
Ahí es donde comenzamos nuestro discurso, primero explicitando las otras estrellas que completan la constelación (adjunto imagen para graficar) y luego describiendo la forma y posición del cazador Orion, con el escudo en una mano y el garrote en la otra.

Mientras que con la mano del escudo señalamos mas detalladamente alguna estrella difusa, con la otra, que teníamos oportunamente elevada simulando el garrote, la bajamos y lo posicionamos por detrás de la muchacha, mas precisamente sobre sus hombros, con cierta incluso displicencia, como quien no quiere la cosa y... voila!, ni se dió cuenta y ya la estas abrazando, pelandrún.
2. Ineludibles son el nacimiento de Orión a partir de un chorro de meo y la piel de un buey (se llama así en “honor” a los orines que lo engendraron, es genial), o que lo mandaron al cielo por violarse a la hija de un dios y que después otra se puso celosa y medio que mató sin querer. Suculento material novelesco.
